30 diciembre, 2009

Siempre fuí un tanto inconformista. Siempre quise más, sumergida en una busqueda caprichosa de la felicidad.
Buscando obsesivamente algo que lo único que traía era amargura, porque esa felicidad que busco es la que de verdad me tortura.
Todos, en general, vivimos amargados buscando eso que nos falta, eso que no tenemos, ese algo que de tenerlo nos haría más felices.
Vivimos en las puertas de cielo, siempre a punto de entrar, a punto de llegar, pero ahí quedamos, en el intento. Siempre a punto de...
Vivimos en las puertas del paraíso, pero creanme, que si cruzamos esas puertas, todo se termina. Porque la felicidad supuesta, ese cielo, ese paraíso es que nada falte. Pero qué pasa? Siempre algo nos falta. Y está muy bien que así sea, porque eso que nos falta es lo que nos mantiene vivos...
La felicidad no es tenerlo todo... La felicidad son esos momentos fugaces, maravilloso, preciados, sorprendentes. Son esos regalos que nos da la vida en el momento que menos lo imaginamos. Esos que a su llegada nos dejan atónitos, perplejos, vulnerables. Que simplemente sucenden y al hacerlo nos vuelven burbujas flotando en el viento.