15 septiembre, 2009

Yo, Agata no entiendo cómo se hace. Cómo evitar tener la sensación que el corazón se te va a salir por la boca en cualquier momento? No se puede, yo no puedo.

Esta tan cerca mío, pero tan cerca que no dejo de pensar en las veces que sí pudo cruzar la línea y pasar ese límite de lo debido o lo indebido y lo que sí y lo que no; lo posible, lo imposible; el odio, el amor…

Y dan vuelta en mi cabeza miles de ideas, de supuestos, de variantes, de preguntas, y cambio y modifico las respuestas.

Pienso tanto en él, planifico en mi mente cada cosa que puedo (o no) decirle – y qué no sea una idiotez- pero no. Es inútil, porque cuando lo tengo enfrente mío lo único que quiero es abrazarlo, besarlo y no soltarlo más. Si, así de egoísta.

Lo peor de todo es que estoy completamente segura que a él no le pasa –para nada- lo mismo que a mí. No comparte mis deseos, mucho menos mis ilusiones. Y no entiendo. No puedo comprender como NO puede sentir absolutamente nada… En realidad, como poder puede (y está en todo su derecho) pero francamente es una pena.

Extrañarlo, necesitarlo, genera miles de otros sentimientos en mi… Me hace sentir viva. Es eso de lo que se pierde: sentirse vivo. Y que sea yo la que, por lo menos, con algo de amor pueda contribuir a su felicidad.

Cuando alguien no pensó (jamás) en cambiar su vida, o no tuvo la oportunidad de hacerlo, no tiene nada que reprocharse. Pero alguien que tuvo la felicidad en sus manos y la dejó ir, no puede perdonarse.

No se comprende.

Es muy probable que no sea la mujer que él quiere para su vida y que todo esto (inclusive yo) sea circunstancial. Pero, por qué? Por qué sigue?

Dirán que si tanto me quejo de esto, por qué no hago algo para cambiarlo. Pero qué puedo hacer?

Harta estoy de hacerme la fuerte y la superada. Con qué necesidad? Si no me da pudor ni vergüenza demostrar lo que siento. Será la edad? Soy fiel a eso? Justifico la edad que tengo? NO. Porque se que cuando tenga 80 años voy a seguir siendo la misma compasiva de siempre. Y estoy orgullosa de eso. No me desagrada involucrarme con la gente. Me da vida. Soy Agata acá y en cualquier lado, Agata de 20 años o Agata de 80. Da igual.

No puedo no decir que tiene los ojos más hermosos que ví en mi vida. No son de ningún color particular, raro, esos que parecen cristal, no, no, para nada. Pero están tan llenos de sentimientos. Son marrones, marrón oscuro, como el café instantáneo. Casi imposible de leer, de comprender, como la borra que no deja ese café. Tan especiales. Y no me gusta que use lentes, porque me impide aun más ver más allá de esos oscuros y –según él- elegantes anteojos de sol.

No quiero.

Quiero que me ilumine con esos ojitos que me transpasan el cuerpo. Esa mirada que viene de lejos, de lo profundo. Esas pestañas que me estremecen. Son increíbles. Arqueadas. De muñeco. Lo particular es que la gente no advierte lo mismo, porque no tienen tiempo para detenerse en esos detalles. A mi me gustan los detalles. Dan sentido. Alimentan y enriquecen las historias. Me emocionan…