28 septiembre, 2009

Cada tanto es necesario que me repita las mismas palabras que hace unos años, con sus comas, sus dos puntos, sus puntos seguidos y su punto final nunca suspensivo. Armaría la misma escena para darme a entender que le tocaba recordarme su cariño (su cariño y nada más). Llamaría a su portero, él bajaría a abrirme la puerta (sólo esta vez lo esperaría dentro del hall), me saludaría con un beso en la mejilla y esbozarías una sonrisa tímida y precavida. Caminaríamos hasta el ascensor, entraríamos, me miraría al espejo, marcaría el piso 10 y sin más detalles me haría el amor.

Y así fue. Fui testigo de la paradoja más injusta, cruel y maravillosa del mundo. Pude sentir todo su cuerpo en mi cuerpo en el mismo instante en que me disparaba en el medio del pecho.

No podía llorar, no tenía que llorar. Con un nudo en la garganta oía a lo lejos como su boca describía sentimientos. No lograba unir las letras, no podía darle forma a sus oraciones. Para mi nada tenía sentido. Habían pasado 15 minutos del momento más feliz de mi vida y ahora me encontraba escuchando las palabras que jamás hubiera querido escuchar. En mi cabeza resonaban sus frases una y otra vez, mientras sentía su piel pegada a mi piel y su respiración en el cuello.

No podía entender. Hacia instantes que habíamos vivido el milagro más hermoso del universo. Habíamos perdido el control de nosotros mismos, los limites, la noción del tiempo. Nuestros cuerpos se habían mezclado de tal modo qué no podíamos saber quién era quién. Fuimos al cielo y regresamos con vida.

Había muerto y revivido en sus brazos, de la mano de sus besos.

Hasta que empezó a hablar la razón. Una inentendible razón.