07 febrero, 2010

A usted le digo: es tan difícil escribir sobre la felicidad cuando uno está feliz, tal vez sea más sencillo hablar desde el sufrimiento, del cómodo lugar del llanto y el vacío de un desamor.
Ya lo dijo el Maestro: “le dije a un amigo ‘soy feliz’ y me dijo que no podía caer más bajo”.

Aunque hablar del desamor, es hablar del amor. Y cuando hablamos de amor, hablamos indirectamente del sabor de un posible desamor. Del miedo que llega con la felicidad.

Y sí, claramente esto se lo debo a usted. Fuerte el echo de deber mi felicidad a un ser humano, tan endeble, tan efímero. Pero, para qué negarlo?

A veces es tan grande ese miedo que prefiero quedarme despierta más tiempo que usted, por todo eso de que despedirse es morir un poco.
Pero hablando de inevitables, no puede evitarse el “chau, cuidate”; aunque nos siga uniendo el fino hilo del “nos hablamos”, como si eso bastara.

Pero, de eso se trata, del constante vértigo de perderlo todo, cuando todo todavía duerme a tu lado. La certeza de una ansiedad que anuncia despedida, una despedida que no deseas que llegue, pero sabes que va a llegar. El terror de no conducir tu propio cuerpo, la ausencia de toda actividad que no sea mirarlo a los ojos, de besarlo, de tocarlo. Porque estaría una vida haciéndolo, si fuera posible. Y en cada uno de mis besos intentar atrasar el mañana, no el futuro, simplemente el mañana.
Provocar mis insomnios, cuando me estoy muriendo sueño, para hacer que la noche dure un poco más.
Estoy mal acostumbrada a escribirle, porque hasta hace una semana usted se había vuelto innombrable de tanto dolor, y tecleaba enceguecida por el entusiasmo de una tristeza, formulándome nostalgias pesadísimas, aunque estuviese consciente de su inconsciencia y su ignorancia hacia mis líneas.

Y de repente me encuentro intentando hablar de su amor, y recuerdo cuando pedía desprenderme de su usted, y hablar a la distancia de una historia romántica que no me perteneciera, que no me doliera, y miré usted, aquel “desvincularme, así un día puedo recordarlo con cariño (con cariño y nada más)”, se hace inabarcable cuando un día es hoy, y no hay separación, hay recuentro, y no hay cariño, hay amor.
Y me rio de lo que no se dice, de lo que no decimos, de lo que nunca voy a decir de usted y de lo que puedo afirmar, porque creame que yo ya lo amaba antes de conocerlo.